certamen-2006

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Segundo Premio de Relato 2006

Agua, la palabra perdida

Carmen Velasco Doménech

De repente comenzó a caer una fuerte tormenta de verano, oscureciendo un recién estrenado solsticio especialmente ardoroso. El gris invadió el paisaje donde ya había explosionado el color, devolviendo el aroma a tierra húmeda. Con todo, el ventilador no dejaba de girar y girar sobre su eje de simetrías, pues tan sólo había conseguido templar el instante. Grandes gotas caían sobre el dintel haciendo un ruido acompasado y a lo lejos se dejaban escuchar los alaridos de la tormenta. Limpiaba la atmósfera o más bien lo ensuciaba todo, pues lo que caía era puro barro. Hacía tiempo que no veía y no escuchaba una cosa como esa. Las plantas parecían relajarse por unos segundos de la aridez y desprendían sus verdes más brillantes. El cielo danzaba con sus partenaires de algodón y la calle quedó cual laguna; sola. Los pájaros que habían buscado refugios insólitos, salían juguetones una vez asegurados por sus instintos de que el aguacero había cesado. Había dado un punto inusitado a aquel julio fiel al sur. No obstante el bochorno se apoderó con más ímpetu de cada rincón. Era irrespirable en un entorno con matices de noviembres. Esa noche la había iluminado una presumida luna llena que podía haber seducido al mismo cosmos.

Pero de todo, se quedó en el aroma a humedad alborotada. A aquella esquina del mundo donde vivía llegaron las percepciones. Quiso destapar el frasco de las esencias para embalsamarse de todas ellas.

Estaba disgustada pues había perdido su sosiego. Siempre se ha caracterizado por su paz interior pero ahora un hervidero erupcionaba preso de la circunstancias. Se le había descarriado una palabra para adentrarse en el mundo de las inspiraciones. El sinsabor era enorme. Tal vez no fuera un gran vocablo, como vida o sueño, o tal vez fuera más importante, pero conociendo que existía podía acuñarlos ambos pareciendo el mundo mejor ordenado. Sabía que era hermosa y sencilla al mismo tiempo, sabía que mas tarde o más temprano la recuperaría, quizás por la noche o quizás a la mañana siguiente, pero sin ella ya nada sería igual. Era una amnesia con un halo de misterio. Estaba dispuesta a buscarla hasta los recónditos confines, consultar filólogos y diccionarios, y si hiciera falta en otros arrabales del idioma. Era una mujer culta que había ejercido como maestra de escuela. Los hilos que tejían de seda su memoria la adormecían en un sueño reparador que vagaba ingrávido por el aire.

Sacó la mano por su ventana y se caló. El agua le enseñó sus cristales fascinantes como un baile de reflejos y traspasó su mente más allá de las formas. Allí obnubilada podía recuperar la capacidad de la autocrítica pues estaba entregada en cuerpo y alma al recogimiento y si aún cabía más, a la introspección. Parecía que deambulaba en busca del tiempo perdido o anhelando que aquel agua la colocara en su lugar correspondiente como parte del universo. El riesgo o lo fascinante de soñar es que los sueños se lleguen a cumplir. Se veía frágil con aquella estructura de cristal entre sus manos pero grande al mismo tiempo pues tentaba el mayor milagro de la vida. Le ayudó a respirar y a ver los colores del mundo con un prisma diferente.

Le devolvió las frías aguas de la fuente de piedra que centraba el patio de su colegio, donde veía desde su aula acercarse gorriones a calmar su sed en la apacible tranquilidad tras el alboroto del recreo. Allí pensó que bebió su inocencia enredada entre la gran hiedra y el inmaculado flujo. Era una buena amiga para el juego, pues los niños se divertían de las maneras más insólitas y creativas. Recordó a su compañera en la niñez a la que no había vuelto a ver jamás, perdida en el desordenado archivador de su memoria y que hoy trataba de desempolvar gracias a la magia de un súbito aguacero. La veía con el brillo de sus ojos de lunas nuevas y aquel uniforme que igualaba las diferenciadas clases sociales. Y como no, con su hermosa melena rubia que a menudo mojaba en el débil chorro para trenzarse las envidias de casi todas.

Y aquel chico, el que se sentaba junto a ella en su pupitre y al que aún le adornaban gafas, ahora regentaba un comercio cercano.
Como si de un espejo se tratase la gota que acariciaba su mano le reflectaba una y otra escena con un poder misterioso, como un regalo, como un éter primigenio. Toda su historia se había convertido en agua, toda su vida se había mutado en agua, o aún mejor toda ella era agua fundida en las aceras desde la perspectiva de su ventana. Al fin y al cabo el mundo era agua más allá de las modas y más allá de las armas. Estas palabras debían jugar un rol importante de incorruptibilidad.

Un estrepitoso alzar de persiana la recuperó por unos instantes. Era la vecina que se empeñaba en rescatar la normalidad, esa a la que ella no mostraba ni el más mínimo interés cautivada en una biografía espiritual, y retornó.

Evocaba el heterogéneo de su placer en los diversos sitios o época donde la tomara. El agua no se percibía igual en casa de su abuela donde era el epicentro de caricias, arrumacos y dulces palabras, allí se disfrazaba igualmente afectiva. Un baño de amor transparente como ella misma, sin mácula. Nada que ver con el agua de la independencia, de las excursiones, de la autosuficiencia de una obligada madurez. Un manantial de seducciones de una etapa adolescente. Aquí era más fresca como para aliviar el ardor de las hormonas que despertaban a las atracciones al sexo opuesto. Y aquélla que sació su vientre árido sediento de frutos.

El agua es un reflejo de nosotros mismos, de nuestra mente-se dijo para sí. Por eso es una autopista de misterios.

Rememoró sus ansias de conocer el mar, aquel contenedor de inmensas morfologías.
Miraba el horizonte que la sumergía en un enigma sin dueños, o más bien con un número infinito de ellos. Allí donde la conciencia pierde su forma hexagonal, su matriz, su estructura física, donde la deformidad se hace armonía batiéndose en duelo con el odio de las tempestades. Las bellezas de nuestros paisajes y sus catástrofes son reflejos de nuestra agua, por eso debemos amarla, respetarla y darle su sitio- volvió a reflexionar. No debemos lesionarla, hay que liberar a las aguas heridas venerando su estructura de cristal. Se diría que ante esto, nada tendría la menor importancia. No se daba cuenta pero el espejo la reflectaba como en su época de docente, gesticulando y expresándose como si el alumnado estuviera frente a ella. Dejó su pluma sobre el escrito y retornó en sí por su propio pie, cual hijo pródigo, compadecida por haberse devuelto el sosiego perdido.
Se giró buscando otras perspectivas, y el almanaque que colgaba de la sala le recordó con un círculo rojo en torno al catorce que ése era el día. Miró las agujas del reloj y reparó en el tiempo que se le había esfumado, o visto de otra forma había gozado de una manera afable y singular. Pero tan sólo le quedaba horas para pasar por una de las experiencias más difíciles de su vida. Aceptarse tal y como la habían abatido los años. Todos los formulismos estaban encadenados y todos sus nervios desatados. Pero sin embargo no dejaba de sonreír con esa luz que la caracterizaba, con sus ojos clavados en el papel pintado de la pared que poco a poco iba desapareciendo o ¿era ella la que lo hacía?

Llamaron a la puerta con un par de golpes secos como de costumbre y fue a abrir el cerrojo celosa de su intimidad. Dos señores muy amables la tomaron del brazo y la ayudaron a sentarse en una silla de ruedas. Volvió la vista atrás sin vacilación y cerró el libro de sus leyendas de abuela poco usual, sin nietos.

-vamos que la esperan en la residencia.

Alzheimer diagnosticado. Ya no podía más vivir sola. La casa se le había hecho grande y pequeña, diáfana y opaca, zulo y mansión,… Salió a la calle que hacía tiempo que la echaba de menos, y al atravesar el dintel calló sobre su mano una pequeña gota que parecía haberla esperado desde la tormenta, para hacerla recuperar su palabra perdida.

Reparó en su cuaderno. No podía abandonarlo. Enclaustraba sus emociones.
Se lo hicieron llegar y abrazada a él, marchó. Le devolvía la paz interior verificando lo inverosímil. El agua le había devuelto por unos instantes la memoria como si hubiese querido que comprendiera su naturaleza intrínseca, y que ésta ejemplarizara como elemento positivo. Activó su conciencia ya senil y le dio la oportunidad de volverse a colocar en el mundo.

Aprovechando una de esas claridades que cada vez más de vez en cuando le regalaba su enfermedad, se propuso ser como el agua que aun estando paralizada, estancada o muerta, guarda siempre la posibilidad de ser activada. El agua no puede estar quieta.

-Desde hoy, yo seré agua-se dijo para sí.

FIN

 

 

 

 

 

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