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Tercer Premio de Relato 2006

...Porque ellos serán saciados

Rafael Aguilar Porcel

Agua, agua por favor, me abraso. Siento como si mi garganta corriese un río de lava. Al fin se escucha el sonido de las herraduras de Pacito por el empedrado de la calle. El chirriar de las bisagras del viejo portón, es señal inequívoca que tú, madre, también las has oído y ya estás esperando, con los dos cántaros de barro a que el Gervasio los rellene con agua fresca recién tomada de la Fuente de la Cruz.

Escucho el chapoteo que produce el traslado de cántaro a cántaro. Pronto acudirás a la cabecera de mi cama, con el cacillo de aluminio a medio llenar.
Hay que estirar mucho esa agua porque hasta mañana no volverá Gervasio.

Beberé con avidez. Fresca, limpia, cristalina, fruto del deshielo que la primavera naciente ha propiciado.

¿Hablará hoy el Gervasio?. Todos dicen que no lo ha vuelto a hacer desde que salió de la cárcel y volvió al pueblo. Algunos piensan que se cortó la lengua para no delatar a sus compañeros por mucho que lo torturasen. Otros que no, que se la cortaron por su manía casi enfermiza de blasfemar, de estar siempre cagándose en lo más sagrado. Los que lo conocen bien afirman que nada de lo anterior es cierto y lo que le ocurre es que ha visto y vivido tanto horror que guarda silencio para no contar nada y recordar.

Que fresca está el agua. Cada mañana cuando el sol aún no ha salido, el Gervasio carga sobre Pacito sus angarillas de madera y esparto con seis huecos para otros tantos cántaros y toma el primer camino hacia la Fuente de la Cruz. Una hora para ir y volver y unos pocos minutos para vaciar su contenido en las cantareras que le aguardan en los zaguanes. Y otra vez retomar el camino….

Por favor madre, ¿me darás un poco más?, ¡tengo sed!. A cambio de la mitad del cacillo de Paco, le puedes dar el trozo de pan que me corresponde, ya sabrás que mi hermano siempre se queda con hambre. Madre por favor, me abraso.

Hoy no iré a la escuela, ¿verdad?. Por un día podré librarme de cantar el Cara al Sol que don Germán nos hace repetir cada mañana mientras rodea la fila, con las manos a la espalda, esperando el más mínimo fallo para darnos, en el mejor de los casos, un despiadado tirón de orejas. Después las cuentas, las interminables cuentas con las que llena la pizarra y que tenemos que hacer en silencio mientras él escudriña los periódicos que ha traído del casino. Hace unos días nos dio una hora de recreo para celebrar, según nos dijo, que unos hombres, a los que llamaba maquis, habían muerto tiroteados por la Guardia Civil.

Madre, por qué va usted siempre vestida de negro y por qué la llaman La Pelona si su trenza negra la miran con envidia todas las señoronas del pueblo. Por qué padre no volvió nunca a casa cuando lo llevaron, dos días después que al Gervasio, con don Antonio el antiguo maestro, que ese me han contado si que enseñaba cosas bonitas. Padre era muy amigo de don Antonio y el Gervasio. ¿Verdad que por eso nunca coge los dos reales del agua?.

Tengo sed, ¡por favor agua!.

Te acuerdas cuando jugando con el Paco rompimos un cántaro. Al principio te enfadaste mucho, pero luego nos distes un beso y de la tienda de la Isa trajistes otro. Cómo sabían a barro sus primeras aguas. Cuanto daría por sentir ahora ese sabor áspero y al mismo tiempo refrescante.

Todavía no has rellenado los cántaros. Madre me abraso, ¡por favor agua!.

Antes íbamos juntos a la Fuente. Tú llevabas uno en el cuadril y entre el Paco y yo cargábamos el otro. Parábamos siempre junto a la encina que está antes de subir la loma. Dejabas el cántaro en el suelo, acariciabas nuestras cabezas y callabas. Algunas veces te vimos besar la tierra, pero nunca te preguntamos por qué lo hacías. Hoy tampoco lo haré, los años me han hecho comprender el motivo.
Cuando el Gervasio empezó como aguador tú no querías que te llevase los cántaros pero luego aceptaste, se que lo hicistes para que mi hermano y yo no perdiésemos la escuela. El Gervasio siempre baja la cabeza cuando le miras.

Recuerdo tus ojos. Cómo nos miraba al Paco y a mi cuando nos montamos en la camioneta que nos llevaría a la ciudad. Tus ojos estaban secos pero se que llorabas. Miraste así a padre el día que se lo llevaron. Aun puedo recordarlo auque yo tenía por aquel entonces dos o tres años ¿verdad?.

Tú nos animastes a marcharnos. Nos dijistes que no querías vernos mendigar unas peonadas en la finca de don Julián, unas tierras que nos asegurabas eran nuestras, pero que no tenías papeles para demostrarlo.
El Paco siempre fue más decidido y siguió hasta Alemania. Me contastes entre risas, de las pocas que te he escuchado, las miradas de envidia de don Julián cuando volvió al pueblo conduciendo un coche muy grande con una estrellita delante. Yo me quedé en Barcelona.

Que distinta es el agua. La del pueblo sabe a tomillo, a romero, a jara, a los cientos de sabores que va robando en su correr entre las piedras. En la ciudad sabe al humo de las chimeneas de las fábricas, de los escapes de los coches, al plomo de las cañerías…

Por favor madre agua…¡tengo mucha sed!.

Cuando me jubilaron de la fábrica quise volver al pueblo, a la vieja casa y sobre todo acercarme al pie de aquella encina, esta vez sería yo el que besara la tierra como tu hacías…

Oigo voces, madre, oigo voces. No puedo reconocer ninguna.

- No se preocupen, no está sufriendo. El tumor estaba muy avanzado, la metástasis se había extendido por todos los órganos vitales, tenía afectado el hígado, el pulmón incluso parte del cerebro. Tiene un corazón muy fuerte y hasta que no deje de latir continuará con vida. Pero ya les he dicho que no sufre, la sedación lo mantiene, perdonen la comparación, como un vegetal, le anula por completo los sentidos. Por desgracia es todo lo que se ha podido hacer por él, la quimioterapia en estos casos tan extremos no surte efectos.
No les crea madre, no les crea, ¡ yo tengo sed!. Pide al Gervasio que se de prisa en rellenar los cántaros.

Por fin escucho tus pisadas acercarse a mi cuarto, el esparto de tus alpargatas tienen un sonido inconfundible. Ya abres la puerta veo entrar la luz.

Madre, ¿por qué tu mirada es la misma que tenías cuando dejábamos el pueblo?.

Madre, ¿dónde dejaste el cacillo del agua y me extiendes tu mano vacía?.

FIN

 

 

 

 

 

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