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Tercer Premio de Poesía 2008-2009

La poza del goro

Elena Sánchez Sánchez

… y el agua que no corría
volvió para darme agua.
Rafael Alberti

Lo encontramos a mitad del camino junto a un zarzal, bocabajo e inmóvil, las piernas y brazos separados, como toman el sol los lagartos.

- ¿Cómo has dejado salir a padre con la canícula?

- Ya lo conoces, cuando se emperra hay poco que hacer con él salvo dejarlo. Dijo que la poza está cada vez más seca y que ayer el manantial apenas daba un hilo de agua. Bajó a mirarlo.

Hace sólo unos años jamás se le habría ocurrido salir y menos nos habría dejado a ninguno de nosotros aventurarnos, respetuoso como era con el sol de mediodía, como sólo saben ser respetuosos hasta el temor todos los hombres de campo. Ahora, que mermaba reflejos y ganaba querencias, parecía como si en verdad no le importase que se le derritiese los sesos. En su gusanera hervía una sola idea de viejo obsesionado con la poza de Goro y con el agua.

- Cuando el manantial se seque me habré quedado sin días.

- No diga tonterías, padre. Usted tiene cuerda para rato y cuando de aquí a treintaaños se le acabe la cuerda, el agua seguirá manando.

En el suelo reseco de la cañada quedan huellas del invierno pasado de bestias y de hombres, y en las paredes de los carcavones que flanquean el camino, los agujeros excavados por los abejarucos dejan un paisaje prehistórico de cavernas.

Un mirlo escandaloso salió del zarzal cuando llegué junto mi padre. Al darle la vuelta para incorporarlo vi que el viejo se había dado un corte en una de las cejas al golpearse contra el suelo; tenía la mirada perdida como si hubiera visto –o se le hubiera escapado- un fantasma. Apenas se le escuchaba la respiración; le apoyé la cabeza en mi regazo mientras la hermana corría a por ayuda. Ya en casa recuperó el conocimiento, aunque no la cordura: ¡La poza! ¡La poza! No repetía otra cosa. El médico me dijo que le había dado una insolación y por eso deliraba; a mí en cambio lo que me dio fue un presentimiento. Cuando vi el manantial seco y a las avispas que se colaban por el tubo oxidado buscando las últimas gotas de humedad, confirmé que en realidad había sido la desolación y no el sol lo que había tumbado a mi padre. Más que por morirse, sufría porque se secase el manantial, y por eso mismo se moría. El médico no aventuró ningún diagnóstico y dijo que a lo mejor se estaba muriendo de viejo.

Cuando el manantial se seque me habré quedado sin días…

***

Padre me lleva de la mano. Tras un recodo de la cornisa, resucitando entre la calina como un espejismo o un milagro, aparece desperdigado al fondo un nacimiento de pueblos blancos; y hacia abril, cuando la alondra canta en pleno vuelo y los machos roncos de perdiz defienden heroicos sus territorios, como un regalo para la vista y para la vida, allá abajo se pintan los ondulantes mapas de color verde que levantan las mieses junto a los campos en barbecho. A unos metros, en el centro mismo del paraíso, el manantial y la poza, y en algún momento yo de niño bañándome igual que de niño se bañaba padre. La poza se desborda y el agua, siempre generosa, va dejando a su paso un campo que resulta una provocación para los sentidos y en el que se mezclan los aromas del almoraduj, el poleo y la hierba luisa, y que confunde a la vista, que no sabe escoger entre los púrpuras, blancos o los rosas de las campánulas. Por encima de nuestras cabezas, una bandada de palomas zuritas nos hace reparar en el azul limpio del cielo cuando cruzan batiendo sus alas cortando el aire.

El otoño vino flojo de lluvias. Cuando el pasado
verano el chorro ya daba las boqueadas y la poza era un lodazal en la que apenas quedaban
agua ni oxígeno para los peces, padre terminó de convencerse de que su final y el del manantial iban de la mano. Padre como una clepsidra, como un reloj de agua al que resulta imposible darle la vuelta o rellenarlo.

- Padre, no beba esa agua, que con lo pobre que baja casi seguro que andará contaminada.

- El agua estás más sana que los dos juntos -contestaba con fidelidad al agua, igual que el anciano dispuesto a dormir en la misma cama hasta el último día con su compañera enferma, y bebía hasta apiparse.

Cuando le conté al médico que se había secado el manantial y la creencia de padre aseguró su diagnóstico: “En los muchos años que llevo viendo enfermedades raras he visto a no poca gente morirse de murria, y tu padre no se va a morir de insolación ni de viejo sino de tristeza”. “Ahora ya lo único que se puede hacer es esperar”, me dijo cerrando su maletín como quien cierra la última esperanza.

A media mañana, cuando poníamos a padre bajo la sombra de la parra, las avispas revoloteaban sobre su cabeza buscando por dónde meterse.

Dicen que si se camina, aunque sea lento, la muerte tarda más en cogerte. Y que es legítimo resistirse y contradecir a los médicos y hasta a la misma naturaleza si se te pone por medio. También dicen que después de perdido, al río. Padre estaba perdido y había que ir en busca del río para que lo salvase el agua.

La finca que daba por encima de la poza la componían doce fanegas de tierra calma, una casa de aperos con el techo derruido y un cabezo en el otro extremo salpicado de olivos improductivos. El dueño se pensó que estaba loco cuando le envié recado con el corredor para comprársela; y más loco aún cuando acepté lo que me pidió por ella sin regatearle un céntimo. Por la tarde la finca esta apalabrada y a la mañana siguiente era mía. Colocar la tubería fue más complicado que comprar las tierras. El agua venía de un pozo a cielo abierto situado en la parte baja de la finca, cerca de la casa, y en el trayecto de la conducción hubo que poner dos aljibes para bombearla; después tuvimos que buscar bajo tierra el reguero seco del manantial, echar un asiento de grava para que drenase y esconder la tubería entre las chinas. A las pocas horas de bombear agua hasta el cabezo el manantial volvió a fluir como en los mejores tiempos que contaba padre. La noticia le llegó corriendo como el agua. Le dijimos que alguien se había enterado de que el dueño del cabezo, desde tres años atrás, venía desviando el manantial para regar su huerta, y que habíamos ido unos cuantos del pueblo a recordarle que el agua es de todos. No ha hecho falta ni denunciarlo. El manantial ha vuelto a correr y la poza se está llenando.

La última semana dormía boca arriba, con un brazo flexionado sobre la cabeza como tapándose del mundo. Padre se incorporó en el respaldo de la cama sin acabar de creérselo. Yo tampoco me lo creía. Los antiguos le llaman a eso la mejoría de la muerte. Con su mejoría engañosa o lo que fuese, en todo caso quería comprobarlo y decirle algo al agua. Sin más ayuda que la mía en menos de media hora andando ya habíamos llegado a su paraíso.

Padre se remangó y puso los brazos bajo el chorro; parecía que el agua le trasfundiese la vida. Después bebió formando un nido con las manos.

- Esta agua no sabe igual.

- Será por todas las porquerías que le echan últimamente al campo. Pero es agua, padre, y por donde pasa moja y trae vida.

Padre volvió a beber con la misma avidez de alguien que acabara de escapar del desierto. Miraba el agua con admiración siempre renovada de un niño y yo lo miraba a él con la satisfacción de poder pagarle parte de lo que debíamos. El viejo penó lo suyo cuando tuvo que dejar atrás a la familia, y luego pasó aún más cuando tuvo que volver a los tres años; en la maleta, para la mujer y los hijos, ninguna otra cosa más que la humillación del fracaso. En sus cartas preguntaba por la poza como uno más de los suyos. El manantial, la verdolaga y la libertad majestuosa de las liebres eran el paisaje de su patria y el sitio donde anduvo su paraíso durante los años que duró su infancia, que se terminó pronto, cuando se murió abuelo y hubo que hacerse hombre de repente. Ahora que por fin estaba a salvo de preocupaciones…

Cuando el manantial se seque me habré quedado sin días… Pero usted no se va a morir mientras que corra el agua.

 

 

 

 

 

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