certamen-2007

Inicio > INICIATIVA SOCIAL > CERTÁMENES LITERARIOS > CERTÁMENES ANTERIORES > 2007 > Tercer Premio de Relato

Tercer Premio de Relato 2007

venero de estío

Isidoro Espinosa Moyano

El venero de la peña alta era el único que seguía manando aquel terrible verano de posguerra, en claro desafío a los principios de Arquímedes, ya que los de más abajo estaban secos desde mediados de julio. Por eso, al lugar acudían todos los que necesitaban agua fresca y potable, animales y hombres, desde varios kilómetros a la redonda. Esto lo tenía claro el comandante. Le habían dicho mil veces que no salieran de día, pues la noche cubría a los guerrilleros con su manto protector. Pero hoy no podían
esperar a que volviera a oscurecer, catorce horas más tarde. Mientras contemplaban a su compañero Manuel agonizar entre vomitonas y cagaleras, el jefe les mandó que, bajo ningún motivo, volvieran a beber elagua encharcada en el lecho casi seco del arroyo. Su cauce, antes caudaloso y chispeante, languidecía ahora tras un año mísero en lluvias. Fabián, “el Hurón”, el más joven de la partida, no dudó cuando pidieron un voluntario para ir al único venero vivo de todo el barranco. Cargó con el cántaro, las cantimploras, su canana y su escopeta y se puso en camino, breñas arriba.

El número Tomás García había salido de la academia de la Guardia Civil de Pinto hacía apenas un mes, y este era su primer destino. El comandante de puesto le había ordenado que, junto al veterano Cipriano López -un antiguo carabinero integrado en el Cuerpo-, “hiciera la espera” frente a la fuentecilla de la peña, un punto probable de abastecimiento de los bandoleros rojos que desde que terminó la cruzada, hacía siete años, aun pululaban por los montes.
Llevaba cuatros días semioculto detrás de unos lentiscos, sin apenas moverse y el tedioestaba relajando la tensión de las primeras jornadas. La noche anterior, su compañero Cipriano dijo que se estaba poniendo malo, que tenía retortijones y que regresaba al cuartel del pueblo, que cumpliera las ordenanzas, etcétera, etcétera, y partió encorvado por la dolencia de su globosa barriga. Tomás observó, ya de lejos, cómo se iba enderezando a medida que se perdía por la cumbre de la loma. Comprobó que aun le quedaban provisiones –pan duro, latas de sardinas y algo de queso viejo- para otros cuatro días. El excarabinero le había dejado además una bota –antirreglamentaria- con coñac, disimulada en una talega. El sol empezaba a salir por encima de la barranca y pronto acabaría con el agradecido frescor de la noche.

Otro largo día le esperaba junto a aquel chorrito de agua que en otras circunstancias no habría debido merecer la atención de nadie.

Desde la casilla de paredes de tapial y techo de juncos y eneas, Lola miraba a travésdel ventanuco festoneado de encajes hacia los arbustos donde se hallaba apostado el guardia. Su madre trajinaba en el fogón y de vez en cuando la miraba a ella.

- No te acerques tanto a la ventana, mozuela, que nada se te ha perdido ahí fuera.

Y no hace falta que vayas a por agua, que ya voy yo, no sea que en vez del
cántaro rebosado, seas tú la que vengas chorreando.

- Máma, ¡que cosas dice! ¿Qué voy a mirar yo? Vaya usted si quiere, pero si luego le duele el espinazo a mí no me cuente.

- Los costillares te van a doler a ti, cuando te los muela a palos por desvergonzada, y ponte a zurcir los calzones de tu padre.

Al sentarse ante el costurero, Lola dirigió un instante su vista a la senda por la que solía subir, escopeta al hombro, el muchacho que le dejaba la boca seca antes de llenar sus cantimploras de agua. Luego, se volvió a fijar en lo bien que le sentaba el uniforme al guardia, a pesar del tiempo que llevaba sin cambiarse, y, apretando fuerte la aguja reprimió un fino temblor en sus dedos.

Fabián arremetía contra el cuestarrón, cerca ya del venero. Ansiaba llegar, no solo para beber agua hasta hartarse sino para abrazar a la moza que saciaba la sed de su pecho. Tres veces antes, una por semana, había olvidado el tórrido infierno de aquel verano en el cielo cálido de sus brazos. Lo tenía decidido: o ella se venía al monte con él, o él abandonaba la partida y se perdía en la ciudad con ella. Los dos caminos eran casi imposibles pero no tenerla se le antojaba insoportable. Divisó la casilla y enseguida se percató de que no estaba el botijo de invierno en la ventana, la señal de que no había moros en la costa. Se paró en seco y escrutó el venero y sus alrededores. Una sombra desdibujada detrás del lentisco, coronada por un reflejo negro acharolado, le hizo ocultarse súbitamente bajo un arbusto mientras soltaba las vasijas y empuñaba la escopeta. El venero se había convertido en una trampa mortal. No podía llegar porque quedaba expuesto a los tiros del guardia y tampoco podía volver al campamento sin el agua que necesitaban con urgencia. Su instinto de hurón y de felino le había salvado de momento.

Tomás, con la camisa del uniforme pegada a la espalda ya sudorosa, jugaba con el seguro del fusil mientras miraba de reojo la ventanilla por donde se había silueteado el rostro que le quitaba el sueño más que los mosquitos de la fuente. Un brevísimo movimiento de hojas le hizo volver repentinamente a las ordenanzas. Se echó el arma al hombro y a la par que un ¡altoquienva!, apretó el gatillo apuntando al arbusto. Un ruido de tiestos rotos, junto a un ¡mecagoendios! desde una boca pegada al suelo y el ¡ay! de un dedo pinchado, quedaron ahogados por el eco del disparo replicado en la vaguada. Solo el guerrillero oyó el silbido del proyectil rompiendo varias ramitas a un palmo de su cabeza. Un instante después, las alarmas del guardia le ordenaron cuerpo a tierra antes de que una andanada de perdigones provenientes de la escopeta del doce destrozara medio lentisco. Apenas dos segundos había tardado la respuesta del rojo.

Todo quedó en calma tensa menos los cuatro latidos desbocados y el chorrito de agua inmutable.

- ¡No os matéis a las puertas de mi casa so desgraciados, iros monte abajo, que bastante guerra hemos tenido. Ya perdí a dos hijos, uno con Franco y otro con la República y no quiero más muertos aquí!, espetó la madre acopiando todo el aplomo del dolor y de los años.

- ¡Alto a la Guardia Civil!, levanta las manos si estás vivo, gritó mientras apretaba el pecho contra los chinos del suelo y agarraba el detentebala con una mano y el culatín del fusil con la otra.

- Levántalas tú, ¡fascista de mierda!, ríndete al Ejercito Guerrillero del Pueblo, le respondió aplastando la tierra con la mejilla.

- ¿Qué Ejercito?, so bandolero marxista, entrégate ahora mismo o te juro, por Cristo, que te mato.

-¿Qué me entregue? Te voy a reventar los cojones si es que los tienes, ¡meapilas, cabronazo!

Lola, nerviosa y angustiada, se atrevió finalmente a mirar a través del visillo.
Ninguno parecía estar herido, excepto ella misma que se había clavado la aguja clavada en el dedo. En el llanillo, solo el borboteo impertérrito del chorro del agua contra el charquito rompía la calma tensa y cortante. Imperceptiblemente, los dos contendientes fueron acomodando sus posturas hasta poder observar al contrario sin exponerse. Guardaron un largo silencio valorando cada uno su situación. Tomás, muy presentes aún las lecciones de la Academia, se juró no desobedecer las órdenes, y además, vio que si trataba de recular quedaba al descubierto y era hombre muerto. Para colmo, empezó a sentir sed y la cantimplora se había quedado junto a la mochila dentro de la casilla. Fabián no estaba mejor, pero con más sed aún, después de la larga caminata desde el fondo del barranco, cargando con los recipientes. Él sí podría retirarse sin quedar bajo el fuego enemigo, pero aquel era el único acceso a la fuente y no quería dejar a la partida sin el agua potable que tanto necesitaba. ¿Qué hacer? Solo cabía esperar.

El sol y la temperatura fueron subiendo a la par. El calor abrasador hacía todavía más insolente el sonido de arpa que el agua emitía al romper sin fin en la superficie del pequeño embalse natural. Fermín miraba obsesivamente el caño improvisado de teja por donde transcurría, entre minúsculas riveras de verdina, el límpido fluido que debería inundar su garganta y que mantenía de un verde intenso, a pesar de la fuerte luz del mediodía, la grama y las junqueras que rodeaban el estanquillo.

Tomás trataba de no pensar en las sensaciones que le proporcionaría el líquido elemento al llenar, fresco e insípidamente sabroso, cada rincón de su paladar. Acertó a ver a Lola, apenas asomada a la ventanita.

La imaginó bañándose en el arroyo, con su grácil figura dibujada por la camisa y la recreó como una fuente que manaba agua de amor de sus labios, agua de madre de sus pechos y agua de vida de su vientre. Aquella mujer era una fuente y aquel venero una mujer, y él, un hombre determinado a fundirse con las dos.

Para ambos, lo más importante en su universo momentáneo era el agua que sus organismos pedían a gritos, tan cerca en el espacio y tan lejos en las voluntades, porque las consignas y los ideales los estaban matando de sed. Sed de cuerpo deshidratado y sed de mente deshumanizada y soberbia.

- Esos locos se van a matar y a nosotras nos van a buscar otra ruina. Con tu padre preso por enlace de los del monte, lo único que faltaba es que muera alguien en la fuente. ¡Ay Dios mío, Dios mío!

- ¡Hay que hacer algo! madre. Esto lo arreglo yo.

Sin pensarlo dos veces, se quitó el pañuelo de la cabeza y se soltó el pelo. Luego se deshizo de la rebeca y se aflojó un poco el cordón del corpiño. Antes de que la madrepudiera impedirselo, Lola abrió la puerta y salió con un botijo en la cadera.

-¡A ver. Cacho de animales! ¿Es que no tenéis sed o qué? Yo tengo la garganta seca desde media mañana. Así que yo voy a llenar el porrón y meteros las escopetas por donde os quepan, so idiotas.

- Estése quieta, señorita, que ese bandolero malnacido la va a acribillar sin piedad.

- ¡Dónde vas so loca!, que ese hijo de puta fascista te va a dejar tiesa de un tiro.

Lola caminó hasta la fuente, justo en medio de la línea de tiro de los dos hombres.

- Tú, el del monte, llena tus cachivaches y vuélvete por donde has venido, y tu guardia, estate quietecito con el fusil, que antes de darle a éste me das a mí. ¿Es eso lo que quieres?

- Yo a usted no le haría nada señorita, antes me pego un tiro que hacerle daño a usted.

- A ver si es verdad. ¡Oye! “Hurón”, no te olvides de llevarte la escopeta, y cuando vuelvas a por agua, no la traigas. Ya me encargaré yo de que no te haga falta.

- ¿Y cuando volveré a verte?, que estoy loquito por tus huesos.

- Ten fe, so descreído, que el sol sale para todo el mundo. ¡Guardia! anda entra en la casa, que dentro tengo agua fresca para ti.

¡Mama! vaya al pueblo y convenza al comandante para que suelte a papa. Usted ya sabrá cómo.

Quince años después, tras comprobar que no se le despistaba ninguna cabra de su rebaño, el “Hurón” asomó por la cresta de la loma desde donde se divisaba la casilla.

Ahora era más amplia y tenía el techo de teja. El venero se había convertido en una fuente que vertía el mismo chorro que antaño, pero en una pila, mitad lavadero y mitad abrevadero para los mulos y las cabras.

El agua sobrante se canalizaba hasta un huerto inclinado cuyos tomates colorados, pimientos verdes y melones amarillos ponían una nota multicolor en la ladera.

En el parral de la entrada se sentaba una vieja vestida de negro y más allá se encontraba aparcado un seiscientos flamante.

Tomás salió de la casilla y el “Hurón” pensó en lo pequeño que le habría quedado el uniforme si lo volviera a usar, desde que dejó el cuerpo y se colocó de encargado del cortijo. Tomás se dirigió al zagalón que zascandileaba por los alrededores y le espetó:

- Niño, deja ya la escopetilla de plomos y vete a regar el huerto, que los tomates se va a caer de secos que están.

- Ya voy papá, que hoy es domingo, y el
domingo es fiesta de guardar.

- Muy cristiano me has salido tú. ¡Anda
que no te gusta poco el trabajo! ¿No dicen
que los sietemesinos son muy nerviosos?

- El “Hurón” se rió entre dientes por lo de
“sietemesino” y fijó su vista en la ventana.

Cuando el cochecillo se alejó camino del cortijo, alguien puso en el alfeizar un botijo de invierno. No había moros en la costa.

FIN

 

 

 

 

 

Escudos