certamen-2007

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Primer Premio de Relato 2007

La traición

Mª Luisa Frisa Gracia

Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo.
Espergesia - César Vallejo

El aire está quieto, el sol se muestra inclemente,oblicuo, haciendo añorar el cierzo con su alocado baile de capitanas.
Jacinto se coloca una mano a modo de visera para protegerse los ojos; sus pies, calzadoscon alpargatas de cáñamo, están
firmemente anclados al suelo. Es una figura estática, casi un espantajo en medio de la nada, en medio de lo que en su día fueron fértiles campos de cultivos y ahora se han convertido en un erial. La tierra yerma,únicamente polvo y costrones secos; sus dedos hace tiempo que se cansaron de ho8
llarla inútilmente en busca de humedad. A lo lejos por el camino distingue una nube de sucio polvo que va creciendo, aproximándose,
la cansina letanía de las voces le indica su composición. Son las mujeres. No necesita verlas para representárselas: descalzas, descarnándose los pies por entre las piedras y dejando a su paso un rastro de sangre, sangre con la que esperan rendir el tributo que atraiga la lluvia; delante de ellas dos mozos portando la tambaleante Virgen y el párroco con el libro de oraciones
abierto guiándolas en sus plegarias. El polvo que levantan se posa en los vestidos negros y las asfixia colándose traicionero en sus bocas penitentes.
Su mujer será una de ellas. Jacinto le ha pedido mil veces que abandone ese inútil sacrificio, pero ella se obstina, le explica que lo que no puede es seguir de rodillas rezando interminables rosarios encerrada entre las frescas paredes de la iglesia, sintiéndose impotente, así…, al menos…, y
ante su mirada implorante se queda sin argumentos. Cuando llegue a casa le vendará las heridas.

El recuerdo de sus lacerados pies hace que la rabia le invada en oleadas subiéndole a la garganta desde el estómago una bilis amarga que lo empozoña. Se gira y allí, en el alto, presidiéndolo todo, su verdugo: la represa.

La represa como la enorme panza de un monstruo que ha ido engullendo metódico toda la fertilidad del valle, absorbiendo la vida y sembrando estío y desolación.

Hoy, sin embargo, ya no le parece que se ría burlona de él; hoy Jacinto ha decidido que la situación ya no puede prolongarse por más tiempo y se ha acercado hasta allí no a contemplarla intimidado, sino a planificar el ataque. De pronto le parece que hoy la represa lo mira prevenida, a la expectativa.

***

La ermita de Santa Engracia, patrona y custodia del pueblo que lleva su nombre, se alza sobre una loma desde la que se domina las miserables y chatas casas en que se cobijan los engracianos. El camino imposible que separa a Santa Engracia del resto del remoto mundo es tortuoso y huraño en su orografía, asfaltado en época de bonanzas y promesas electorales y olvidado después, se encuentra cuarteado y con la grava suelta en los bordes, el sol infernal del estío se entretiene en castigarlo hasta que surgen burbujas, como ampollas, en el alquitrán, que los niños juegan a reventar con una paja mientras las alpargatas se les pegan al suelo como chicle. Por ese camino tallado en suelo inhóspito y desheredado, que casi nadie transita pues es más útil emplear los atajos de los riscos, llegaron los ingenieros con sus máquinas y excavadoras levantando una nube de polvo
y escupiendo grava. Jacinto fue uno de los chiquillos que los contempló extasiado. ¡Cómo refulgía la lenta y despreocupada procesión de metal!
Aquello suponía una fuente inagotable de diversión, ¡ni siquiera era consciente del precio que había de pagar! Desde la capital había llegado la orden, el imperativo: en otras zonas necesitaban el agua más que allí, era necesario desviarla, solidaridad fue el manido pretexto que emplearon. Y proyectaron la represa.

El alcalde ataviado con el traje de ir a misa, los cuatros pelos que le quedaban furiosamente aplastados contra el cráneo, y con una banda roja que nadie le había visto jamás cruzándole el pecho y proveyéndolo de autoridad, les dio la bienvenida desde el desvencijado balcón del ayuntamiento. Su ufana esposa en su segundo, pero preponderante plano.

Comenzó su discurso señalando que aquel era una gran día para Santa Engracia y lo orgullosos que se hallaban todos los engracianos de que se hubiera elegido precisamente su pueblo, hasta entonces dejado de la mano de la administración, puntualizó entre regañón y condescendiente, para realizar la magna empresa. A continuación, y como colofón del evento, las arcas consistoriales ofrecieron un ágape de vino dulce y pastas resecas en el salón de actos.
Comenzaron las obras. Damián y él, ya inseparables desde niños, los espiaban escondidos tras las lomas. Apenas el maestro concluía su pobre lección salían corriendo, alborotados, escapando de esas cuatro paredes que los condenaban a la inmovilidad, inútilmente encarcelados pues como decía su padre para trabajar el campo no hacía falta saber tantas cuentas. Los habían visto abrir boquetes en la falda de la montaña, con los ojos agrandados por el maravilloso
espectáculo y las palmas sobre las orejas para que las explosiones no les reventaran los tímpanos, ¡¡¡Pum!!! y el corazón se les encogía dentro del pecho, ¡¡¡Pum!!! y hasta la sangre les atronaba dentro de las venas.

Cuando terminaron la faena encomendada, levantaron el improvisado campamento de casetas de oxidado latón y deshicieron el camino dejándolos huérfanos de su presencia y a alguna engraciana falta de sus caricias. Al principio la represa constituyó una novedad, imponente, voraz, en el conocido paisaje; poco a poco sus ojos se acostumbraron a ubicarla, frente a frente, pareja a la ermita de la patrona, cada una firmemente asentada, enseñoreada, en su loma,
enfrentadas en la distancia, retándose: el progreso y el cemento contra la religión y la fe.

Después llegaron los años de sequía, la escasez que los más pesimistas habían pronosticado mientras los demás los miraban escépticos y huraños pensando que lo que querían era robarles la oportunidad.

Las compuertas ya no se abrían para dar paso al agua que el cielo les negaba. Volvieron a emplear el bonito vocablo de la solidaridad, pero esta vez ya no sonaba tan beatífico. Comenzaron las protestas, las cartas a la capital, las reivindicaciones…,todo inútil.

***

Los hombre se reúnen en conciliábulo de noche, a oscuras, como los malhechores. Son solamente cinco, no quieren exponer más vidas. Los capitanea Jacinto, a su diestra como siempre Damián. No es necesario explicar la situación, todos la conocen de sobra: los aljibes casi vacíos, la tierra clamando por beber, el polvo cubriéndolo todo con su pátina, los animales, ya sin fuerzas, desmadejados en las sombras con la lengua fuera, las cosechas ya casi irremediablemente perdidas.

- Hay que devolver el agua al cauce del río.

Todos asienten

- Sí, pero…¿Cómo?

- Sólo hay una solución- dice Jacinto- reventar la represa, hacer que se desborde,que regrese al cauce seco, canalizarla por las acequias, llenar los aljibes, ¡regar!

Todos imaginan el luminoso ruido del agua desbordada, corriendo otra vez por los canales, la alegría de la tierra al volver al ser acariciada por el líquido elemento.

- Sí, pero ¿cómo?- vuelve a inquirir el escéptico.

Los ojos de Jacinto chispean, hasta anoche no se había vuelto a acordar del paquete, han pasado demasiados años. Lo sujeta con las manos temblorosas y lo deposita encima de la mesa con sumo cuidado. Guardados como un tesoro, envueltos en hule y sujetos por dos cabos los explosivos que robaron de las obras con Damián siendo niños. Su redención.

***

Abraza a su mujer, besa al pequeño que cuelga de su costado, aún demasiado chico para saber andar, revuelve el pelo de su otro vástago. No hablan, no es necesario. Los acuosos ojos de su esposa lo acompañan hasta la puerta con un ruego, una muda súplica: “por favor, por favor, regresa”.

La luna con sus argénteos reflejos los custodia hasta la represa. Caminan silenciosos, les pesa en las espaldas la responsabilidad y el peligro, avanzan resueltos, dispuestos a entregar lo único que les queda: la vida. Al llegar aúpan a Jacinto, él es el encargado de trepar por la escalera de oxidado hierro que crece en uno de los costados de la enorme panza, después se dispersan, cada uno conoce su cometido. Jacinto alcanza la mitad del vientre del monstruo, jadeante, sudoroso, siente calambres en las piernas, pero los ignora, ahora no es el momento. Sujeta los explosivos con cinta a la escalera, han fabricado una mecha de más de quince metros para dar tiempo a una prudente retirada; la extrae, deja que cuelgue como la trenza de la princesa de los cuentos.

Satisfecho comienza a descender cuando una inconcebible y penetrante luminosidad lo desconcierta, sorprendido confunde los focos de las torres de vigilancia con un inexplicable amanecer, pero las voces lo sacan de su confusión:

- Alto, alto en nombre de la ley. En su mente se agolpan mil interrogantes que sólo admiten una respuesta: alguien los ha traicionado. Se gira despacio, oculta las manos a la espalda, la yesca en la derecha, la mecha en la izquierda.

- Levante los brazos – le ordenan.

Él no escucha las palabras porque acaba de distinguir al renegado, allí, entre ellos, con la cerviz gacha, amedrentado y avergonzado. Es imposible no reconocerlo porque se trata de Damián, y la confirmación le clava puñales en el pecho. Sin embargo, a pesar de la terrible decepción lo comprende, él también tiene una familia a la que proteger, ¡cómo no va a perdonarlo!, la culpa no es suya, sino de la miseria, y ésta no entiende de honores, ni de dignidad, sólo de intentar sobrevivir. Le gustaría decirle que espera que con sus treinta monedas puedan empezar una nueva vida.

- Por última vez, levante los brazos. Su resolución se reafirma, no puede dejar que sus hijos crezcan en un mundo que convierte a hombres como a Damián en despojos, en traidores.

Rápido enciende la mecha. Escucha, amplificado por el eco, como los hombre cargan las escopetas. Se desabrocha la camisa para que no hierren, mientras cuenta los segundos que faltan para que revienten las entrañas del monstruo; escucha el grito horrorizado de Damián al comprender el desenlace.

Jacinto sabe que el agua se lo llevará en su abrazo y no le parece una mala muerte.

 

 

 

 

 

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