Certamen-2005

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Primer Premio de Relato 2005

Frontera de agua

Mª Dolores Montalvo Carcelén

Estaba muy oscuro. La noche sin luna le engullía. El furioso viento le cortaba la cara, haciéndole muy difícil mantener los ojos abiertos. Pequeñísimas gotas de agua salada, lanzadas sin piedad por el frío aire criminal, se le metían en la boca y la nariz y se mezclaban con sus ardientes lágrimas de miedo y desesperación. No podía mover los pies y un hormigueo que rayaba en dolor le latía en las pantorrillas. Estaba arrodillado en el suelo de la embarcación. Las grietas del suelo se le clavaban causándole una intensa quemazón. Otros cuerpos, apretujados al suyo, le empujaban y zarandeaban al ritmo de las rugientes olas amenazando con hacerle caer por la borda.

¿Cuántas horas llevaba en ese barcucho? No sabía calcular el tiempo que había transcurrido desde que treinta anónimos fantasmas se habían encajado junto a él en el suelo de un temible cascarón lleno de grietas y con intenso fetor a pescado podrido. ¿O sería carne podrida? Pensó, angustiado, que esa frágil patera nunca sería capaz de atravesar tanta distancia hasta la costa opuesta.

El mar rugía cada vez más amenazando con volcar la barca y tragárselos sin piedad. Un temblor eléctrico le traspasó haciéndole respirar con dificultad. No sabía nadar. Nunca había sido capaz de meter su cuerpo en el mar más allá de su ombligo. Cada vez que lo había intentado un terror indescriptible le paralizaba las piernas y le hacía volver sobre sus pasos, hacia la orilla, con un regustillo de vergüenza en la boca, potenciado por la risilla burlona de sus hermanos. Pero eso había quedado muy atrás. Lejos.

De rodillas sobre el irregular suelo rezaba, rezaba sin parar llevado por la desesperación y el espanto. Deseaba que terminara de una vez. Deseaba que el mar le dejara llegar a su destino. Sus manos se aferraban como tenazas al borde de un pequeño banquillo de madera. Las lágrimas y el llanto le atenazaban la garganta.

Un niño pequeño empezó a llorar. El patrón les ordenó con susurros de desprecio que guardaran silencio. ¡ Qué alguien calle a ese niño de una maldita vez! El bebé se vió silenciado con murmullos y arrullos procedentes de una hermosa voz de mujer, tan quedo que casi parecía un sueño, medio apagada por el rugido feroz del viento y las olas.

Una peste a gasoil le cerró la nariz obligándole a respirar por la boca. Alguien empezó a vomitar y no tardo en seguirle otro y otro. La furia del patrón rompió los murmullos con gritos e insultos. Escupió horrorosas órdenes y todo el mundo se agachó. ¡Las patrullas costeras están muy cerca, silencio!

Alguien había muerto, por el frío, por el agotamiento, por el miedo. El cadáver fue arrojado al mar que se lo tragó con un sordo chapoteo, más supuesto que escuchado. El mar rugió y atronó ante tan esperado y previsto presente.

Unas pequeñas lucecillas titilaron al fondo de la inmensa oscuridad. ¡La costa! ¡Dios mío, la costa, gracias, gracias, Dios! El patrón rugió sus órdenes, mientras murmullos de incredulidad recorrían la embarcación. Según se acercaban, la embarcación se zarandeaba más y más impulsada por las espumosas olas.

¡Silencio! ¡ Las patrullas que vigilan las costas pueden aparecer en cualquier momento! La barcaza se acercó a la orilla, pero no lo suficiente. El patrón les increpó: ¡Desembarcad, ya! Algunos no dudaron en lanzarse fuera de ese apestoso ataúd con movimientos ansiosos. Chapoteaban con más decisión que arte, acercándose trabajosamente a tierra. El agua les llegaba al cuello y más de uno se hundió antes de poder hacer algún avance.

Miró por encima de la borda. Se quedó paralizado. ¡No sería capaz, no sabía nadar! Varias cabezas oscilaban al ritmo de las olas, algunas eran engullidas por la espuma antes de romper contra la arena. El horror no le dejaba respirar. El patrón le zarandeó e insultó, empujándole. Todos habían saltado ya. La madre agarró al hijo por encima de su cabeza en un inútil intento de que no se mojara, de que no se congelara. El bebé, casi consciente del esfuerzo y de la gravedad de la situación, estaba inmóvil y calladito, esperando a que su madre le abrazara otra vez.

El patrón le empujó nuevamente. O se lanzaba al agua o le cortaba el cuello y le lanzaba él. Impulsado por una decisión que no sentía se puso de pie. La barcaza se movía con violencia. Tropezó. Puso un pié sobre la borda y, sin creer lo que hacía, se lanzó al mar. Se hundió. Tocó la arena del fondo. Una parte de su cerebro se asombró de lo suave que era al tacto, fina y suave entre sus dedos, como talco. Pasaron unos eternos segundos hasta que fue capaz de posar los pies y, con fuerzas que nunca creyó tener, se impulsó hasta la superficie. Las espumosas olas jugaron con su cuerpo, el agua le entró en los ojos, la nariz, la boca. Sin entender como, se vio impulsado hacia la orilla. La embarcación había desaparecido tragada por la noche. Estaba completamente oscuro. Las luces que antes vieron en el horizonte se habían escondido tras las dunas. Otros cuerpos, silenciosos, reptaban a su alrededor respirando con dificultad. Escuchó un intenso quejido, un estridor. Tardó unos minutos en darse cuenta de que ese ruido lo hacía él en un ansia infinita de meter aire en sus pulmones. Caído en la arena, agotado, dolorido, aterido de frío, temblando, casi convulsionando, fue consciente de estar vivo. Vivo y libre. El mar, ese engullidor de esperanzas, esa frontera de vidas mejores, le había perdonado. Había mirado hacia otro sitio. Le había dejado pasar.

Con gran esfuerzo se incorporó. Sus pies le pesaban como bloques de granito. Cerca de él escuchó el zureo del bebé. Los hermosos murmullos de la mujer le acunaban La adivinó en la oscuridad. La tocó un hombro, la agarró del brazo y la ayudó a ponerse en pie. Hay que salir de aquí, le susurró. Comenzaron a caminar, sin saber dónde ir, pero sabiendo que a partir de ese momento todo sería distinto.

Como movido por un resorte volvió una última vez la vista al mar. La música de las olas les despidió con su monótono vaivén. Suerte.

FIN

 

 

 

 

 

Escudos