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Primer Premio de Relato 2008-2009

Con voz de mujer

Manuel Arriazu Sada

A Cándido Luján la lluvia siempre le ha hablado con voz de mujer y él la ha escuchado mil veces, siempre distinta. Porque la lluvia tiene mil voces diferentes por más que haya quien piense lo contrario. Cándido lo sabe. Es su secreto. La escucha con la misma atención con que don Miguel, el médico, ausculta en el pecho de los enfermos el grillo que silba su rumor de muerte, con el mismo estupor. No se lo ha dicho a nadie, sabe que lo tomarían por loco de atar, pero le encanta ver acercarse las nubes traspasando las lomas que dan al valle con su promesa de saciedad para la sed de una tierra que la espera siempre. Aunque, a decir verdad, lo que a él le importa es escuchar su voz, una vez más, su voz de mujer. Desde siempre le gustó escucharla, desde muy niño. Pasaba las horas muertas en su ventana, viéndola caer sobre el tejado de las casas de la calle de atrás, mirando las gotas que tiñen de oscuro el barro reseco de las tejas, haciendo brillar sus lomos, resbalando hacia la teja vana y reuniéndose allí hasta formar un hilo brillante que se abre paso hacia la canal de cinc. Escuchando la voz dulce de la lluvia. Allí, en su ventana, aprendió ya Cándido Luján a distinguir los matices de aquella voz que los demás ignoraban y a la que únicamente él parecía ser capaz de prestar oídos. Todas las lluvias, sus mil voces, son la misma mujer que te habla, eso lo supo casi desde siempre. Se le ocurrió decírselo un mal día a su padre. “Padre, ¿la escucha usted?, es ella que me dice”. Y su padre, a ver, le miró compungido, que estaba claro que este chico era distinto, no era normal que saliera con aquello, que pronto cumpliría los diez y a esa edad no era propio que anduviera por ahí diciendo sandeces. “Mira”, le aconsejó, “es posible que la escuches, que no seré yo quien diga lo contrario, pero has de saber que a veces los hombres interpretan malamente lo que otros son capaces de sentir, y alimentan celos que encienden hogueras en sus corazones. Guarda para ti lo que acabas
de contarme. Es tu secreto. Yo nada diré, no te preocupes”. Cándido Luján comprendió, con cierto temor, que podía alcanzar a su padre un mucho de razón en lo que acababa de aconsejarle, así que jamás habló a nadie sobre el asunto. A partir de aquel día, sin embargo, no hubo de darle explicaciones acerca de la razón que le impelía a subir al granero más alto, a abrir la ventana y a pasar allí las horas eternas, viendo caer la lluvia, escuchando llover. A veces, Cándido Luján descubría sobre sí mismo la mirada preocupada de su padre, que seguía sin entender, a pesar de todo, que hubiera dado cualquier cosa, cualquiera, seguro, con tal de constatar que su hijo había curado de aquel mal. En vano. Porque aprendió Cándido a distinguir el plácido golpear de las gruesas gotas sobre las tejas, sobre el musgo seco, sobre los líquenes amarillos de sus lomos, sobre el canalón de cinc, sobre la madera y el vidrio transparente de la ventana, sobre su propio rostro, sobre la palma de su mano, extendida, sobre sus ojos cerrados. La escuchó hasta ser capaz de descifrar los más sutiles matices de aquella voz de mujer con que la lluvia le hablaba. Sólo a él. Y era que, aunque los demás se percataron enseguida del extraño influjo que la lluvia ejercía sobre Cándido, nadie logró jamás que él diera razón alguna acerca de su naturaleza. Si alguien preguntaba, él se limitaba a encogerse de hombros. “Me gusta”, les decía en cualquier caso, pero eso ya lo habían notado. Acabaron por pensar que cada cual con sus manías y le dejaron en paz. Ya nadie se sorprendió de verlo salir en mitad de un aguacero, cuando el resto del mundo se protegía aterido bajo teja, ni asomarse, allá donde estuviera, a contemplar el rumor de la lluvia que caía. Samuel Sotero, a quien todo el mundo llamaba Gardacho y que servía en su taberna un vino aguado de dudosa procedencia, le dijo un día, “Cándido, cabroncete, que no sabía él qué milonga se traía a maltraer con el agua, pero que ya aprendería, que donde estuviera el vino…” Y a punto estuvo de armarse gorda porque el Rullao, el de la Pura, que le oyó, le dijo que sí, pero que vino, lo que se dice vino, que no pensara ni por casualidad probarlo allí, que el Gardacho a misa no iba pero que bautizaba las barricas tres y hasta cuatro veces. Ya para entonces había aprendido Cándido a escuchar la lluvia en los campos, y le había sorprendido el rumor susurrante de su golpear sobre las hojas de los árboles, sobre las briznas de hierba del prado, sobre la superficie de las charcas, sobre el polvo acumulado en mitad de los caminos. Trató de interpretar sus ritmos, armoniosos a veces, violentos en ocasiones, pero comenzó a crecer dentro de sí una desazón inconfesable pues, a pesar de todo, su sueño consistía en una quimera, que nada podía apartar de su cabeza, que un día no muy lejano la escucharía pronunciar una palabra. Tal vez su nombre. Y la voz de mujer de la lluvia se envenenó, se llenó de ponzoña sin que Cándido consiguiera comprender qué había podido cambiar.
Escuchó su voz inconfundible, voz de duelo, el día que enterraron a Dionisio, el Cojo, y justo al salir de la iglesia las nubes se arremolinaron formando una especie de niebla que comenzó a llorar un calabobos tamizado que salpicó levemente el féretro, resbalando sobre la superficie marrón oscuro de la madera recién barnizada. Cándido, que portaba el ataúd sobre su hombro, alcanzó a oír el tenue susurro de aquella voz dolida que gemía. Los demás nada dijeron, nada escucharon, y él, una vez más calló. No cesó aquella manifestación de dolor hasta que Segundo y Tomás, los enterradores, lo cubrieron de tierra, y mientras don Celestino, el párroco, rezaba aún sus latines, calló su voz de nuevo, su voz de mujer, y cesó la lluvia. Todo el mundo regresó del camposanto empapado hasta adentro de aquella voz por más que no supieran entenderlo, ni Cándido les pudiera advertir de lo que ocurría.

De un modo muy distinto recordaba haberla escuchado aquella tarde, al regresar de la Sanjuanada, cuando la tormenta les sorprendió en la fuente y hubieron de refugiarse todos bajo las moreras. Todos menos él que se quedó como pasmado viéndola venir, alegre, con los brazos extendidos y recibiendo sobre su rostro la caricia húmeda de aquella lluvia que pregonaba
a los cuatros vientos, con su voz de mujer, la ilusión del primer amor. No pudo quitársela de la cabeza desde entonces, desde aquella tarde en que la voz de la lluvia le caló tan profundo que se enamoró perdidamente de Isabel, la hija de Gardacho, mientras se acercaba sin prisa alguna a refugiarse bajo las moreras. Ella se lo notó enseguida, allí parado en mitad de la tormenta, porque Cándido no era capaz de ocultar algo así, y al pasar frente a él le saludó, “hola Cándido”, con una sonrisa trémula, como si en realidad se viesen por primera vez. Y a pesar de que siempre ha reconocido en su fuero interno, de nada sirve engañarse y Cándido lo sabe, que no fueron palabras lo que escuchó, no logra olvidar aquel zumbido de lluvia, como de enjambre, diciéndole “soy yo”, “soy yo”. Un mensaje repetido hasta la saciedad en una secuencia acuosa que únicamente él fue capaz de percibir e interpretar. Tal vez también ella. Pero no podía por entonces estar seguro. Del mismo modo que no estaba seguro de qué había de hallar al final del camino que el aguacero le marcó la tarde en que todo el pueblo buscó desesperadamente un indicio que diera alguna pista sobre qué tipo de percance alcanzó a suceder para que Paquillo, el de Colás, no apareciera puntual como un reloj a las ocho de la tarde en la puerta de su casa. Todo el pueblo se echó al monte en mitad de la tormenta para encontrar el ganado recogido en la paridera, que hubiera sido mal presagio hallarlo de otro modo, pero fue lo peor que no hallaron ni rastro del muchacho. No sabría él explicar más tarde qué le impulsó a tomar el camino del Rebajo y enfilar la senda de las Torices para adentrarse en el pinar de Clós. No podía confesarles que aquel susurro del agua de lluvia que le recorría todo él le guiaba, porque ni siquiera Cándido comprendía el modo en que lo hizo. Un murmullo fúnebre que presagiaba el triste final de Paquillo, que con sus propias manos hubo de descolgarle de la rama en la que ahorcó todas las ilusiones de sus padres, sin que nadie llegara a comprender, sin que nadie fuera capaz de explicarse qué pudo ocurrir para que el muchacho se viera empujado a semejante final. Llovió copiosamente, Cándido lo recordaba bien, la noche de la Virgen de la Barda, casi de madrugada ya. Diluviaba sobre el pueblo, sobre los campos, en medio de un zumbido persistente que le despertó sobresaltado. Recuerda que abrió la ventana, de par en par, a pesar de que la lluvia penetraba en la habitación amenazando con inundarlo todo, formando charcos sobre el suelo de ladrillo rojo barnizado. Estaba oscuro y en mitad del negror interminable de la noche, la mirada se le prendió de la única ventana iluminada. Calculó que había de ser la casa de Ponciano, tal vez la de Ramón, el Tuerto, pero no quiso salir de dudas. Cerró la ventana con toda la rabia del mundo, regresó a la cama y se cubrió con la colcha, fuerte, fuerte, apretando los dientes, tapándose los oídos, tratando en vano de silenciar la voz de la lluvia, que no auguraba nada bueno. El pueblo despertó tras la tormenta con la noticia de la muerte de María, la del Tuerto, de sobreparto, y Cándido guardó para sí algo que iba comprendiendo, que aquella voz no le anunciaba sino hechos para los que él carecía de solución.
Por eso se asustó aquella tarde en la que, sin que la presencia de nubes delatara la proximidad de la tormenta, sintió sobre el rostro el húmedo mensaje de la lluvia. Se hallaba en los campos de Fadrique, lejos del pueblo, e inició un regreso extraño en la que el aguacero parecía acompañarlo en su urgencia. Únicamente al atravesar el puente de la fontaza cesó de caer agua sobre él. Todos le vieron llegar empapado, sin entender qué podía haberle ocurrido porque un sol radiante iluminaba la tarde. Todos le vieron dirigirse hacia su casa, con pasos apresurados, como obcecado por algo que nadie sino él era capaz de percibir como estímulo para aquel apremio. Subió brincando las escaleras del primer piso y tal como se temía halló a su padre postrado en el que había ser su lecho de muerte. Miguela,su madre, le explicó. Todo había sucedido de repente. Se sintió mal, muy mal, se encamó, y le mandó llamar. Entendía pues que Fidel le dio aviso de lo que ocurría. No quiso descorazonarla negando la suposición de que Fidel había acertado a dar con él y a urgirle a regresar a casa, junto a su padre enfermo. Se limitó a asentir antes de entrar en la penumbra de la habitación en la que se debatía en una agonía lenta. Se sentó a la cabecera de su cama. Durante un tiempo que jamás sería capaz de precisar y que a él se le antojó breve, se quedó escuchando su respiración fatigosa, entrecortada, llena de arritmias y prisas. Le tomó la mano y, al sentirla, abrió los ojos girando su rostro levemente hacia él. Le supo desconcertado ante su apariencia poco común, empapado como andaba. Su mano realizó un intento de aproximación elevándose hacia sus greñas caladas pero se detuvo a medio camino, incapaz de alcanzar su objetivo. “Llueve”, dijo, antes de darse por vencido. “Escucha, padre”, le pidió Cándido entonces, “es ella la que me ha traído. No sé lo que me ha dicho, pero al escucharla he sabido que debía venir”. A su espalda, semioculta en la sombra, se escuchó la voz de la madre que como para sí habló en voz alta. “Ha sido Fidel quien le ha dicho. Yo le mandé hacerlo. Ha sido él quien le ha traído”. Pero Cándido repetía de nuevo: “Ha sido ella”, y su padre asintió levemente antes de cerrar los ojos.

Aún había Cándido de escuchar cientos de veces aquella voz embebida de lluvia, aquella voz de mujer antes de sorprenderse una tarde en la que el silencio se apoderó de él igual que el agua empapa el fondo resquebrajado de una charca después de un largo estío, a pesar de que el aguacero comenzaba a hacer correr las canales. Se quedó tenso, como si de pronto echara en falta algo, algo vital que por primera vez en mucho tiempo no acudía a su cita. “Me he quedado sordo”, dijo aquella tarde en la taberna de Gardacho, su suegro, y los demás le rieron la gracia, porque nada delataba que acabara de ocurrir algo así y Cándido no pudo explicarse, que le hubieran tomado por loco de atar de haberlo hecho. Pero le vieron salir en mitad del aguacero y soportarlo, como otras veces le habían visto hacer. Sólo que ahora Cándido parecía fuera de sí y gritaba, que le dijera algo, joder, que le dijera. Don Miguel, el médico, viejo ya y achacoso, trató de aliviar su desesperanza con algún remedio poco común que, contra todo pronóstico, dio la impresión de hacer remitir el mal que se había apoderado de Cándido, el de Isabel. De aquellas fiebres surgió un Cándidodemacrado, con una mirada exenta de brillo y un rictus doloroso por sonrisa.

La vida, sin su voz, fue pasando, morosa, distinta.

Amenazaba tormenta aquella tarde y un barrunto inconcreto hizo que demorara Cándido, el de Isabel, más allá de lo acostumbrado, la decisión de aparejar la mula, engancharla al carro, cargado ya de antemano de tejas, y echarse al camino. Apenas salió del pueblo supo que erraba, que lo más prudente sería dar media vuelta, desenganchar y dejar para otro momento la labor que llevaba entre manos, que en Quintanilla podían esperar el encargo. Isabel así se lo hizo ver. Pero el destino había jugado ya sus cartas y Cándido aceptó un envite sin saber en realidad a qué apostaba. Echó cuentas observando el cielo encabritado, calculando la dirección de la tormenta, el tiempo que le costaría alcanzar el vadillo del torrente de Raboseras y urgió a la mula, arre, arre, sin pensar siquiera en regresar. Y aunque echó a llover nada hubiera sido capaz de hacer que reconsiderase una decisión que había tomado ya contra toda lógica. Al atravesar el portillo de Ambasaguas el carro hincaba el acero de sus ruedas sobre el camino formando trialeras y el barro se acumulaba en sus alpargatas de cáñamo dificultando la marcha. Se hizo noche a media tarde y desde la cuesta del Pardillo divisó el barranco que comenzaba ya a desaguar y cubría el camino
que lo atravesaba. Si se daba prisa podría pasar, eso pensó. Arreó la mula y al llegar al cauce la corriente había aumentado. La animal, atemorizado, se negó a entrar en el torrente y Cándido, gritando maldiciones, hubo de meterse a la rodilla de agua, tirando desesperadamente del ramal. Consiguió que el animal, a contrapelo, entrase en la corriente, pero el ímpetu del agua contra el carro les alcanzó de lleno y, perdida la estabilidad, trató Cándido de alcanzar una de las varas por ver de sujetar la carga. Una nueva avalancha de agua turbia, una barbada feroz, terminó por vencer aquella mínima resistencia y los arrastró, torrente abajo. El borde rocoso de las pozas vino a detener el carro, pero la mula, impelida por las varas quedó sumida en el agua que la llenaba. Cándido quedó atrapado bajo la carga y, aunque puso toda su alma en salir, que empujó con todas sus fuerzas, no conseguía desprenderse de su cepo. Con la cabeza erguida trataba de posponer un final que adivinaba cercano. El agua y el barro acabarían por inundar lo todo. Escuchó entonces, en medio de la oscuridad y oyó de nuevo el rumor del agua que llegaba. Echó su cara al cielo negro y sintió, como otras veces, el fresco tacto de la lluvia. Y en medio de la desesperanza creyó, una vez más, escuchar su voz, su voz de mujer que le llamaba, esta vez sí, por su nombre, Cándido, Cándido. Sonaba la voz lejana, la voz de la lluvia, el rumor del turbión que se aproximaba raudo, Cándido, Cándido, alcanzando su boca cerrada, Cándido, Cándido, Cándido, como siempre esperó que ocurriera, escuchar su nombre, Cándido, en su voz que le llamaba, cegándole los ojos abiertos de par en par, dando boqueadas, como un pez, con los ojos abiertos, como un pez, Cándido, Cándido, hasta que dejó de escuchar su nombre en aquella voz de mujer, ahora en mitad de otras voces, advirtiéndole que llegaba, mientras le inundaba una paz inefable.

Hallaron al día siguiente su cuerpo inerte, rebozado en el barro rojo de aquellas tierras. Le liberaron de la carga que hizo presa en él condenándole a muerte, e Isabel se preguntó a partir de entonces cómo fue posible que no lo vieran la tarde anterior, a pesar de todo, cuando alertada por el barrunto de lo que podía suceder avisó a sus vecinos y todos ellos acudieron en tropel en su busca, en mitad del aguacero, ya que ella sospechó desde el principio que algo así podía ocurrir, y ella gritó su nombre, una y otra vez, Cándido, Cándido, los demás también, y reverberaba aún su voz en las aguas de las pozas, en los ecos de los montes, y se dejó el alma llamándole, Cándido, Cándido, sin llegar a obtener respuesta.

 

 

 

 

 

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