certamen-2010

Inicio > INICIATIVA SOCIAL > CERTÁMENES LITERARIOS > CERTÁMENES ANTERIORES > 2010 > Tercer Premio de Relato

Tercer Premio de Relato 2010

Cuaderno de bitácora

Antonio Puente Torrecilla

Día 15 de navegación

El temporal de esta mañana ha roto la botavara. Ha sido imposible capearlo. He tenido viento duro de levante, de entre treinta y cuatro y cuarenta nudos. El barco se ha escorado tanto que por momentos creí que zozobraba. Ha habido ocasiones antes de que amaneciera en las que sólo veía espuma arrastrada en nubes blancas, como paños de parcas que se deslizaran por la superficie de éter inmortal que me rodea… Ha sido horrible estar rodeado de tanto mar, de tanta agua. Ahora parece que ha amainado. Voy a subir a cubierta y hacer una evaluación de daños. Doy gracias a los dioses por poder estar escribiendo en estos momentos y no mecerme suspendido en cualquier punto de estas aguas insondables.

Día 16 de navegación

Como me temía los daños han sido mucho más graves de lo que pensaba. El timón no va. La limera está totalmente atascada y no soy capaz de hacer que la pala gire. No llevo piezas de repuesto, así que intentaré fabricar uno utilizando las tablas de la bañera… Sin embargo, tengo que reconocer que, ahora mismo, los quince metros de este barco se encuentran sin gobierno. Sin gobierno y con el velamen hecho una maraña. He estado intentando contactar por radio desde ayer, a cada hora, pero tampoco funciona, sólo hace ruido… Parecer ser que Poseidón me arrastra hacia su territorio. Quizás acabe en Ogigia con Calipso y me ofrezca la inmortalidad, de esa forma tendría la ocasión de triturar esta maldita nave en millones de pedacitos por haberme traicionado de esta forma. Me hace mucha gracia pensar en el pantalán del muelle. Allí estará descojonándose de la risa mi radiobaliza, la misma que desmonté y olvidé colocar de nuevo… Esto parece cada vez más una conspiración de los elementos circundantes contra mi soberbia por adentrarme en su mundo acuático.

Día 17 de navegación

He perdido lo poco que me quedaba a salvo con el tremendo temporal que ha arrasado de nuevo este navío al que nunca debí subir. El barco está desmochado. Estoy a la deriva en un buque sin gobierno. El compás se ríe de mí cada vez que intento tomar rumbo. Trazo demoras en la carta, pero de nada me valen si no puedo avanzar… No puedo poner proa a ninguna parte. Me encuentro rodeado de una vasta cantidad de agua que brilla y se oscurece, que me maneja a su antojo con su idioma de mareas y temporales. Aún me queda comida, pero el agua comienza a escasear… Curiosa paradoja, el agua escasea mientras floto sobre su superficie…

Día 20 de navegación

Comienzo a tener sed. No quiero pensarlo, pero comienzo a tener seca la garganta. Los depósitos están prácticamente vacíos… Debí almacenar el agua de la lluvia de alguna forma, pero no lo hice. Ahora la ventisca ha dado paso a la calma. Una calma llena de un sol que parece saber de mi falta de líquido y se ha empeñado en confinarme en este desierto ondulante. Llevo dos días sin ingerir nada y temo que la deshidratación comience a presentar síntomas febriles… La orina comienza a desaparecer. A veces siento el deseo de beber un trago de este elemento salado que me rodea, pero sería mucho peor… Parece reírse de mí. Me atrapa. El agua me mece y, teniéndola tan cerca y en tal abundancia, muero poco a poco por no tenerla. Aquello que necesito es aquello que me envuelve, y que quizás acabe matándome…

Día 22 (?) de navegación

Esta mañana he bebido un trago de agua marina. He vomitado. Ahora la garganta me arde como si el mismo Vulcano hubiera abierto alguna puerta de su fragua. No hay nada más en este mundo que desee tanto como beber. Creo que estoy deshidratado y que la fiebre empieza a aparecer. Mareos, cansancio, visión algo borrosa… Incluso puede que esté delirando… Jamás creí que acabaría rodeado por tanta agua, y con tanta necesidad de ella. A este mar no le ha bastado con hacerme cruzar las líneas de sombra que se le ha antojado, sino que además me lleva con él. Quiere que forme parte de su eterno vaivén, de su maraña de secretos y de luces, de su diáfano elemento que ansío como un náufrago a su tabla, como amantes a la oscuridad, como asesino a la sangre… Si. Sería capaz de matar por un trago.

No sé qué día es

He colocado la escalerilla en el espejo y me he bañado con las pocas fuerzas que me quedan. Por un momento ha aliviado los dolores de cabeza y la fiebre. Es curioso, pero cuando me he sumergido un enorme sentimiento de humildad me ha invadido. Como si hubiera observado el pie de Dios sobre el pedal del telar del mundo que observó el navegante del Pequod, una especie de calma maternal al flotar en este caldo primigenio, en este líquido amniótico cuya transparencia forma la mayor parte de mi cuerpo. Disfrazado de principio por Tales y aclamada sus formas cambiantes de mares y glaciares como dioses, de arrullos serenos en patios de helechos y de tempestades implacables, de lluvias esperadas y de remolinos que apresan vidas, de gotas como perlas en el rocío y de cristales que levitan por blancas cumbres… Como si de alguna forma hubiera susurrado en mis oídos esa respuesta que siempre hemos buscado, esa fórmula divina por la cual nos movemos, por la cual no medimos y por la cual morimos…

Acabo de despertarme

No sé cuanto tiempo he estado durmiendo. Quizás haya estado inconsciente. Me cuesta trabajo escribir. Tengo los labios reventados. La deshidratación es tal que apenas consigo sostenerme. Intento vomitar, pero no tengo nada que echar, y lo poco que echo me quema aún más la garganta. El agua aparece en mi pensamiento en miles de formas distintas; botellas, barriles, cascadas rebosantes de espumosa agua fresca en cantidades insultantes, en sosegados icebergs canallas de afiladas puntas que se derriten sin tener la piedad de cederme una sola gota… Y los veo, alrededor del navío, flotando mientras sonríen. Sin embargo, alargo mis brazos y no hay nada, tan sólo un deseo irresistible de que esto acabe, de cerrar los ojos y dejar que el anchuroso ponto me lleve hacia el barquero… Estoy intentando llorar y apenas salen las lágrimas.

El dolor de cabeza se intensifica

He subido a cubierta, arrastrándome, y he tenido la tentación de arrojarme al agua. Está oscuro. Muy oscuro. Boca arriba he observado el manto de estrellas por las que tanto me he guiado en mis singladuras nocturnas. Ahora veo como sonríen, cómplices con los demás elementos naturales de mi suerte, jactándose de ser inmortales, de no necesitar del agua para seguir alumbrando navíos perdidos y aún así, teniendo la osadía de bañarse entre los espejos de sus olas en noches claras como esta.

No sé cuántos días llevo a la deriva

Por el tacto de mi barba, diría que demasiado… Creo que estoy más tiempo inconsciente que despierto. No se si tendré fuerza, ánimo o cordura para seguir escribiendo estas arrugadas líneas. Escucho voces a mi alrededor, a veces parecen cánticos. Puede que sean sirenas… Sí, preciosas sirenas que me cantan…

El agua me lleva, me rodea, y por su falta me apago poco a poco.

Al salir a la mar siempre temí que las aguas me mataran, que pereciera ahogado, sin embargo jamás concebí la idea de acabar en su seno muerto por no tenerla.

Probablemente sea otra alucinación como tantas he tenido a lo largo del día, pero me ha parecido escuchar un sonido fuerte de corriente, como de un río o cascada… Quizás sean los motores de algún barco que se acerca… Quién sabe…

No sé si estas serán las últimas frases de este cuaderno de bitácora, si al fin han venido a rescatarme o si se trata de simples voces que resuenan en mi cabeza como ecos de una voz que jamás me atreví a gritar.

De cualquier forma voy a subir…

Voy a subir a cubierta, no sea que la fiebre baje y el sonido desaparezca…

COMENTARIO SOBRE EL TRABAJO PRESENTADO

Al reflexionar sobre qué representa el agua en la vida de una persona, ya sea de forma directa o indirecta, y cuáles son sus connotaciones, no pude evitar que mis pensamientos fuesen dirigidos hacia lo más básico: su abundancia y su escasez.

El agua siempre ha estado ligada a la vida. De ella provenimos y a ella debemos que nos asentáramos en sociedades comunes para controlar sus ciclos cuando empezábamos a crear congregaciones estables. Es gracias al agua y a su gestión desde tiempos remotos que unimos fuerzas y dejamos de recolectar para producir. Es el agua la que conforma el mayor porcentaje de materia que existe en nuestro organismo y es este mismo elemento el que hace que nuestro planeta sea azul. Mas allá de que el mar sea una ingente cantidad de agua, sus formas y caprichos se han romantizado hasta formar parte de versos que crean cultos, incluso transformados sus susurros en melodías y presencias obligadas por estructuras arquitectónicas pasadas y presentes.

En el relato Cuaderno de bitácora he querido expresar el sentimiento de eterna necesidad que los humanos tenemos de este elemento que lo mismo da la vida que la quita, al que adoramos y tememos. Escrito en primera persona para dar un aspecto más creíble y cruel, he colocado al protagonista en una especie de péndulo, una gran paradoja en la que estando rodeado del elemento que necesita, muere poco a poco por su ausencia, por la deshidratación que paulatinamente merma su ser. De esta forma, tengo la oportunidad de narrar la naturaleza del agua tanto por su presencia como por su falta, en un escenario que me permite hacer referencias a Homero, Conrad o Melville.

Antonio Puente Torrecilla (1979) es autor de numerosos cuentos y relatos resultando finalista en el “Certamen de Relato Corto Conil ante las Drogas 2.008”. Es colaborador en la editorial Cádizmedia, publicando sus relatos en la revista Plenilunio. Es autor de la novel “Las Aguas del Tiempo”, publicada por la editorial Absalon Ediciones en 2.009 con la que actualmente está cosechando un formidable éxito y en la que vuelca sus conocimientos de historia y mitología.

 

 

 

 

 

Escudos